domingo, 6 de agosto de 2017

El adivino de la casa amarilla -- Luis Fayad


   Encontró con facilidad la casa, pues era la única amarilla de la cuadra. Golpeó y nadie respondió y, a la tercera vez, más por nerviosismo que por impaciencia, decidió entrar. Le habían dicho que el adivino siempre estaba en el primer cuarto a la derecha del pasillo, pero no vio a nadie. Se quedó largo rato sin hacer nada, ni siquiera observando el cuarto, y luego quiso salir de la casa. La curiosidad se lo impidió; entonces siguió por el pasillo buscando al adivino. Había más cuartos, y después, más pasillos con más cuartos. En ninguno estaba el adivino. Regresó, y ante la puerta de la casa se volvió con brusquedad. El adivino lo estaba mirando, lo miraba como si lo conociera desde hacía mucho tiempo.
   —Sabía que usted iba a venir —dijo el adivino.
   Leoncio no respondió.
   —Por eso me escondí —continuó el adivino—. Sabía también que yo iba a esconderme y que usted me buscaría cuarto por cuarto, y que yo me presentaría cuando usted fuera a salir de la casa. Me escondí porque sabía que a usted iba a sucederle una desgracia y no quería darle la noticia, y sabía que vendría a su encuentro porque yo estaba equivocado. Sabía que en este momento usted quizá quisiera preguntarme algo y que no se atrevería. También esto lo sabía.
   El adivino se retiró y Leoncio salió de la casa. Estaba intranquilo. Hubiera querido preguntarle al adivino si no se había equivocado de nuevo y si la desgracia se haría efectiva de todas maneras.

miércoles, 25 de marzo de 2015

El rompecabezas -- Isar Hasim Otazo



   El terrorista gritó “Dios es grande” y apretó el detonador. El aire cimbró con la onda explosiva. Los vidrios de los edificios cercanos  se pulverizaron y se activaron las alarmas de los carros. Hombres, mujeres, niños, un perro, varias decenas de hormigas que subían por  un árbol y un cuervo que sobrevolaba la escena saltaron en pedazos entre una columna de humo.
   Al rato, la nube de polvo, carne, vidrio, hojas, sangre y plumas terminó de depositarse sobre la avenida. Escuché las sirenas que se acercaban, y con ellas llegaron policías, guardas militares y paramédicos. Los vi caminar entre los cuerpos, en busca de alguien que pudiera necesitar ayuda. La confusión era tal que nadie se dio cuenta en qué momento otro terrorista se deslizó entre la multitud y reventó por segunda vez el lugar de los hechos.
   Cuando juntaron los cadáveres no se sabía de quién era una mano, un pie, una cabeza. Intentaron armar algunos cuerpos, pero no se sabía qué era de quién.
   De mi cuerpo lo único auténtico era la cabeza. El tronco creo que era del terrorista porque estaba muy desfigurado. Un brazo era de un paramédico, a juzgar por el guante de látex que revestía su mano. El resto, definitivamente tampoco era mío.
   Quise gritarles a los que armaban ese rompecabezas que colocaran todo en su lugar, pero no tenía voz: en mi garganta se alojó, no sé cómo, una pluma del cuervo.

sábado, 23 de agosto de 2014

martes, 18 de marzo de 2014

Ante la ley -- Franz Kafka


   Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta al guardián y le pide que le deje entrar. Pero el guardián contesta que de momento no puede dejarlo pasar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde se lo permitirá.
    —Es posible —contesta el guardián —, pero ahora no.
   La puerta de la ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el campesino se inclina para atisbar el interior. El guardián lo ve, se ríe y le dice:
   —Si tantas ganas tienes, intenta entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón hay otros tantos guardianes, cada uno más poderoso que el anterior. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo soportar su vista.
   El campesino no había imaginado tales dificultades; pero el imponente aspecto del guardián, con su pelliza, su nariz grande y aguileña, su larga bárba de tártaro, rala y negra, le convencen de que es mejor que espere. El guardián le da un banquito y le permite sentarse a un lado de la puerta. Allí espera días y años. Intenta entrar un sinfín de veces y suplica sin cesar al guardián. Con frecuencia, el guardián mantiene con él breves conversaciones, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y al final siempre le dice que todavía no puede dejarlo entrar. El campesino, que ha llevado consigo muchas cosas para el viaje, lo ofrece todo, aun lo más valioso, para sobornar al guardián. Éste acepta los obsequios, pero le dice:
    —Lo acepto para que no pienses que has omitido algún esfuerzo.
   Durante largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años abiertamente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo entre murmullos. Se vuelve como un niño, y como en su larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, ruega a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz o si sólo le engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que brota inextinguible de la puerta de la ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte endurece su cuerpo. El guardián tiene que agacharse mucho para hablar con él, porque la diferencia de estatura entre ambos ha aumentado con el tiempo.
    —¿Qué quieres ahora? —pregunta el guardián —. Eres insaciable.
    —Todos se esfuerzan por llegar a la ley —dice el hombre —; ¿cómo se explica, pues, que durante tantos años sólo yo intentara entrar?
   El guardián comprende que el hombre va a morir y, para asegurarse de que oye sus palabras, le dice al oído con voz atronadora:
    —Nadie podía intentarlo, porque esta puerta estaba reservada solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.

domingo, 2 de marzo de 2014